Lectio Divina, 14 de Abril de 2017, Viernes Santo

Lectio Divina, 14 de Abril de 2017

Viernes Santo

Ciclo “A”

Página Sagrada:

Is 52,13 ‐ 53,12/Salmo 30/Heb 4, 14‐16; 5, 7‐9/Jn 18,1‐19,42

Crucifixion

Todo está cumplido

Invocación inicial

Ven, Tú, refrigerio,

delicia y alimento de nuestras almas.

Ven y quita todo lo que es mío,

e infunde en mí sólo lo que es tuyo.

Ven, Tú que eres el alimento de todo casto pensamiento,

círculo de toda clemencia y cúmulo de toda pureza.

Ven y consuma en mí todo lo que es ocasión

de que yo no pueda ser consumada por ti.

Ven, oh Espíritu,

que siempre estás con el Padre y con el Esposo,

y repósate sobre las esposas del Esposo.

Texto

1 Después de haber dicho esto, Jesús fue con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón. Había en ese lugar una huerta y allí entró con ellos. 2 Judas, el traidor, también conocía el lugar porque Jesús y sus discípulos se reunían allí con frecuencia. 3 Entonces Judas, al frente de un destacamento de soldados y de los guardias designados por los sumos sacerdotes y los fariseos, llegó allí con faroles, antorchas y armas.

4 Jesús, sabiendo todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les preguntó: “¿A quién buscan?”. 5 “A Jesús, el Nazareno”. Él les dijo: “Soy yo”. Judas el que lo entregaba estaba con ellos. 6 Cuando Jesús les dijo: “Soy yo”, ellos retrocedieron y cayeron en tierra.

7 Les preguntó nuevamente: “¿A quién buscan?”. Le dijeron: “A Jesús, el Nazareno”. 8 Jesús repitió: “Ya les dije que soy yo. Si es a mí a quien buscan, dejan que estos se vayan”.

9 Así debía cumplirse la palabra que él había dicho: “No he perdido a ninguno de los que me confiaste”.

10 Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha. El servidor se llamaba Malco. 11 Jesús dijo a Simón Pedro: “Envaina tu espada. ¿Acaso no beberé el cáliz que me ha dado el Padre?”

12 El destacamento de soldados, con el tribuno y los guardias judíos, se apoderaron de Jesús y lo ataron. 13 Lo llevaron primero ante Anás, porque era suegro de Caifás, Sumo Sacerdote aquel año. 14 Caifás era el que había aconsejado a los judíos: “Es preferible que un solo hombre muera por el pueblo”.

15 Entre tanto, Simón Pedro, acompañado de otro discípulo, seguía a Jesús. Este discípulo, que era conocido del Sumo Sacerdote, entró con Jesús en el patio del Pontífice, 16 mientras Pedro permanecía afuera, en la puerta. El otro discípulo, el que era conocido del Sumo Sacerdote, salió, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. 17 La portera dijo entonces a Pedro: “¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?”. Él le respondió: “No lo soy”.

18 Los servidores y los guardias se calentaban junto al fuego, que habían encendido porque hacía frío. Pedro también estaba con ellos, junto al fuego.

19 El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su enseñanza. 20 Jesús le respondió: “He hablado abiertamente al mundo; siempre enseñé en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada en secreto. 21 ¿Por qué me interrogas a mí? Pregunta a los que me han oído qué les enseñé. Ellos saben bien lo que he dicho”.

22 Apenas Jesús dijo esto, uno de los guardias allí presentes le dio una bofetada, diciéndole: “¿Así respondes al Sumo Sacerdote?”. 23 Jesús le respondió: “Si he hablado mal, muestra en qué ha sido; pero se he hablado bien, ¿por qué me pegas?” 24 Entonces Anás lo envió atado ante el Sumo Sacerdote Caifás.

25 Simón Pedro permanecía junto al fuego. Los que estaban con él le dijeron: “¿No eres tú también uno de sus discípulos?”. Él lo negó y dijo: “No lo soy”. 26 Uno de los servidores del Sumo Sacerdote, pariente de aquel al que Pedro había cortado la oreja, insistió: “¿Acaso no te vi con él en la huerta?”. 27 Pedro volvió a negarlo, y en seguida cantó el gallo.

28 Desde la casa de Caifás llevaron a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Pero ellos no entraron en el pretorio, para no contaminarse y poder así participar en la comida de Pascua. 29 Pilato salió adonde estaban ellos y les preguntó: “¿Qué acusación traen contra este hombre?”. Ellos respondieron: 30 “Si no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos entregado”.

31 Pilato les dijo: “Tómenlo y júzguenlo ustedes mismos, según la ley que tienen”. Los judíos le dijeron: “A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie”. 32 Así debía cumplirse lo que había dicho Jesús cuando indicó cómo iba a morir. 33 Pilato volvió a entrar en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó: “¿Eres tú el rey de los judíos?”.

34 Jesús le respondió: “¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí?”. 35 Pilato explicó: “¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho?”. 36 Jesús respondió: “Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí”. 37 Pilato le dijo: “¿Entonces tú eres rey”. Jesús respondió: “Tú lo dices: yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz”. 38 Pilato le preguntó: “¿Qué es la verdad?”. Al decir esto, salió nuevamente a donde estaban los judíos y les dijo: “Yo no encuentro en él ningún motivo para condenarlo. 39 Y ya que ustedes tienen la costumbre de que ponga en libertad a alguien, en ocasión de la Pascua, ¿quieren que suelte al rey de los judíos?”. 40 Ellos comenzaron a gritar, diciendo: “¡A él no, a Barrabás!”. Barrabás era un bandido.

19,1 Pilato mandó entonces azotar a Jesús. 2 Los soldados tejieron una corona de espinas y se la pusieron sobre la cabeza. Lo revistieron con un manto rojo, 3 y acercándose, le decían: “¡Salud, rey de los judíos!”, y lo abofeteaban.

4 Pilato volvió a salir y les dijo: “Miren, lo traigo afuera para que sepan que no encuentro en él ningún motivo de condena”. 5 Jesús salió, llevando la corona de espinas y el manto rojo. Pilato les dijo: “¡Aquí tienen al hombre!”. 6 Cuando los sumos sacerdotes y los guardias lo vieron, gritaron: “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!”. Pilato les dijo: “Tómenlo ustedes y crucifíquenlo. Yo no encuentro en él ningún motivo para condenarlo”. 7 Los judíos respondieron: “Nosotros tenemos una Ley, y según esa Ley debe morir porque él pretende ser Hijo de Dios”.

8 Al oír estas palabras, Pilato se alarmó más todavía.  9 Volvió a entrar en el pretorio y preguntó a Jesús: “¿De dónde eres tú?”. Pero Jesús no lo respondió nada. 10 Pilato le dijo: “¿No quieres hablarme? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y también para crucificarte?”.

11 Jesús le respondió: “Tú no tendrías sobre mí ninguna autoridad, si no la hubieras recibido de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti ha cometido un pecado más grave”. 12 Desde ese momento, Pilato trataba de ponerlo en libertad. Pero los judíos gritaban: “Si lo sueltas, no eres amigo del César, porque el que se hace rey se opone al César”. 13 Al oír esto, Pilato sacó afuera a Jesús y lo hizo sentar sobre un estrado, en el lugar llamado “el Empedrado”, en hebreo, “Gábata”.

14 Era el día de la Preparación de la Pascua, alrededor del mediodía. Pilato dijo a los judíos: “Aquí tienen a su rey”. 15 Ellos vociferaban: “¡Que muera! ¡Que muera! ¡Crucifícalo!”. Pilato les dijo: “¿Voy a crucificar a su rey?”. Los sumos sacerdotes respondieron: “No tenemos otro rey que el César”.  16 Entonces Pilato se lo entregó para que lo crucifiquen, y ellos se lo llevaron.

17 Jesús, cargando sobre sí la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar llamado “del Cráneo”, en hebreo “Gólgota”. 18 Allí lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado y Jesús en el medio. 19 Pilato redactó una inscripción que decía: “Jesús el Nazareno, rey de los judíos”, y la hizo poner sobre la cruz. 20 Muchos judíos leyeron esta inscripción, porque el lugar donde Jesús fue crucificado quedaba cerca de la ciudad y la inscripción estaba en hebreo, latín y griego. 21 Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: “No escribas: “El rey de los judíos”, sino: “Este ha dicho: Yo soy el rey de los judíos“.

22 Pilato respondió: “Lo escrito, escrito está”.

23 Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestiduras y las dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron también la túnica, y como no tenía costura, porque estaba hecha de una sola pieza de arriba abajo, 24 se dijeron entre sí: “No la rompamos. Vamos a sortearla, para ver a quién le toca.” Así se cumplió la Escritura que dice: “Se repartieron mis vestiduras y sortearon mi túnica”. Esto fue lo que hicieron los soldados.

25 Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. 26 Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: “Mujer, aquí tienes a tu hijo”. 27 Luego dijo al discípulo: “Aquí tienes a tu madre”. Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.

28 Después, sabiendo que ya todo estaba cumplido, y para que la Escritura se cumpliera hasta el final, Jesús dijo: “Tengo sed”.  29 Había allí un recipiente lleno de vinagre; empaparon en él una esponja, la ataron a una rama de hisopo y se la acercaron a la boca. 30 Después de beber el vinagre, dijo Jesús: “Todo se ha cumplido”. E inclinando la cabeza, entregó su espíritu.

31 Era el día de la Preparación de la Pascua. Los judíos pidieron a Pilato que hiciera quebrar las piernas de los crucificados y mandara retirar sus cuerpos, para que no quedaran en la cruz durante el sábado, porque ese sábado era muy solemne. 32 Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús.33 Cuando llegaron a él, al ver que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas,34 sino que uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua.

35 El que vio esto lo atestigua: su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean.

 36 Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura que dice: “No le quebrarán ninguno de sus huesos”. 37 Y otro pasaje de la Escritura, dice: “Verán al que ellos mismos traspasaron”.

38 Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús –pero secretamente, por temor a los judíos– pidió autorización a Pilato para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se la concedió, y él fue a retirarlo. 39 Fue también Nicodemo, el mismo que anteriormente había ido a verlo de noche, y trajo una mezcla de mirra y áloe, que pesaba unos treinta kilos. 40 Tomaron entonces el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas, agregándole la mezcla de perfumes, según la costumbre de sepultar que tienen los judíos. 41 En el lugar donde lo crucificaron había una huerta y en ella, una tumba nueva, en la que todavía nadie había sido sepultado.

42 Como era para los judíos el día de la Preparación y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

Lectio

En el ejercicio de la lectio divina en este día donde no existe la celebración eucarística, y donde estamos invitados en cambio a vivir la Acción Litúrgica de la Pasión del Señor, encontramos un centro que atrae con fuerza nuestra fe: el misterio de la cruz al cual se refiere la Página Sagrada en este día. La cruz, el sacrificio de Cristo, es instrumento de salvación, de liberación, de reconciliación con el Padre y con los hermanos. A través de ese “signo de muerte”, la muerte misma ha sido vencida por el acto de donación amorosa y total del Siervo de Dios.

 

1ra. Lectura: El maravilloso relato de la entrega inigualable del Siervo de Yahvéh contiene varios elementos que resumen los otros tres cánticos ya meditados en la Cuaresma:

  • Como se ha dicho, es una “historia increíble” humanamente, situada más allá de la lógica humana, y que hace sorprenderse y “llevar la mano a la boca” para reprimir la exclamación de asombro (VER Is 52, vv. 13‐15). Es el proyecto de Dios que es realizado por su servidor en entrega total.
  • El rostro que se contempla es el de Uno que tiene ciertas características: Tiene origen humilde; padece por nuestras culpas y vive su sufrimiento en silencio y entrega generosa.
  • Esta historia del Siervo tiene efectos maravillosos: su drama repercute en la humanidad entera como “sanación de las heridas” (v. 4), “perdón de las culpas” (v. 5), “reunión de los dispersos” (v. 6).
  • A la extrema violencia que él sufre y a la extrema pequeñez a la que se ve reducido como “raíz en tierra seca” u “oveja dócil ante el daño” corresponde el juicio de Dios, capaz de glorificar al Siervo y darle el lugar más importante: el señorío sobre todo (VER Is 53, vv. 10‐12; cfr. Fil 2, 6‐ 11).

 

2da. Lectura: La Carta a los Hebreos enfatiza hoy la cercanía de Cristo al dolor humano para redimirlo. El haber experimentado ese dolor en grado supremo hacen que Él, que es de origen divino, pueda ser el “pontífice o puente” ente la miseria humana y la vida divina.

 

Evangelio: En su relato de la Pasión de Cristo, San Juan quiere mostrar la glorificación del Hijo de Dios, de la cual es consciente el mismo Jesús que así lo ha anunciado antes de que todo comience, cuando todavía está en la Cena: “Padre, glorifícame”(Jn 17, 24). Ahora bien, Pilato por ejemplo, ajeno al sentido más profundo de lo que está ocurriendo, irónicamente acierta en comprender la persona de Cristo y el significado de su sufrimiento pues dos veces declara “rey” al Siervo sufriente:

 

  • Haciéndolo sentar en el lugar más honorable del tribunal romano.
  • Escribiendo el letrero sobre la cruz, como una “confesión o manifestación universal” de Cristo Rey en las cuatro lenguas principales de entonces, y negándose a quitar lo que había escrito (VER Jn 19, 19‐22).

 

En esta narración del sufrimiento de Cristo, tan especial en el estilo de San Juan, nos interesa notar:

 

  1. Que Jesús tiene conciencia de los acontecimientos y durante ellos Él sigue gozando del poder divino. El es el “Yo soy” (traducción de Yahvé en el Antiguo Testamento), y por tanto ninguna potencia podría acabar con él; al contrario, en el huerto de los Olivos queda clara su identidad cuando los soldados caen ante su voz (VER Jn 18, 6).
  2. Que los hechos muestran la santidad de Cristo a quien nadie puede acusar de pecado (VER Jn 18, 20‐24) siendo la violencia irracional el único recurso de sus acusadores. Su santidad es aquella de la “víctima perfecta”: al no tener pecado es el “Cordero sin defecto”.
  3. Que sin embargo, en el momento central de esa historia de Cristo en Viernes Santo como “Cordero inmolado” en la pronunciación de que “Todo se ha cumplido” según la misión que tenía del Padre, surge también la historia de la Iglesia y ello se refleja en cuatro momentos:

 

  • El nacimiento de la Iglesia del “costado traspasado” por la lanza del soldado, del cual mana agua y sangre, figuras de la vida de la Iglesia en el Bautismo y la Eucaristía (VER Jn 19, vv. 34)
  • La unidad de la Iglesia, simbolizada en el manto sin costura, sin división (VER Jn 19, 23).
  • La recepción del Espíritu Santo por la Iglesia en “Pentecostés anticipado” a la efusión del Espíritu Santo en Jn 20, 23): Cristo en la cruz tiene “sed”, es decir, “deseo” de dar el Espíritu y así lo hace al “expirar” sobre las personas que al pie de la cruz concentran la Iglesia: María la Madre y Juan el discípulo amado (VER Jn 19, 28‐29).
  • La fuerte relación de la Iglesia con María, dejada como madre del discípulo que simboliza el resto de la Iglesia en aquel momento, el mismo Evangelista Juan, quien como ocurre hasta el día de hoy en la Iglesia Católica: “La recibió en su casa” (VER Jn 19, 25‐27)

Meditatio

  1. ¿Cómo hemos entendido hasta ahora la muerte de Cristo: acaso como una “ausencia de Dios en ante el dolor y la muerte”?
  2. El advertir el gran amor del Padre y de su Hijo por nosotros, que es el mensaje más grande de la cruz ¿nos lleva a desear corresponder con nuestro amor a Dios y al hermano?
  3. La contemplación de la cruz como expresión de las consecuencias del pecado que Cristo vivió siendo inocente ¿nos impulsa a acercarnos solidariamente a todo dolor, inocente o culpable, movidos por el ejemplo del Señor?

Oratio

¡Oh Sabiduría Eterna! ¡Oh Bondad Infinita! ¡Verdad Infalible! ¡Escrutador de los corazones, Dios Eterno! Haznos entender, ¡Tú que puedes, sabes y quieres! Oh Amoroso Cordero, Cristo Crucificado, que haces que se cumpla en nosotros lo que tú dijiste: “Quien me siga, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12). ¡Oh luz indeficiente, de la que proceden todas las luces! ¡Oh luz, por la que se hizo la luz, sin la cual todo es tinieblas, con la cuál todo es luz. ¡Ilumina, ilumina e ilumina una y otra vez! Y haz penetrar la voluntad de todos los cooperadores que has elegido en tal obra de renovación. ¡Jesús, Jesús Amor, transfórmanos y confórmanos según tu Corazón! ¡Sabiduría Increada, Verbo Eterno, dulce Verdad, tranquilo Amor, Jesús, Jesús Amor!

Santa María Magdalena de Pazzis

 Contemplatio

Repite con frecuencia, con calma, esta palabras de Jesús, asociado a Jesús en el ofrecimiento de si mismo:  “Padre en tus manos entrego mi Espíritu”

Actio

El día de hoy me propongo un momento de oración a las 3 de la tarde, hora de la muerte de Jesús.

Acerca de abpguatemala

Sección de Animación Bíblica de la Pastoral de la Conferencia Episcopal de Guatemala.
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