Lectio Divina, Vigilia de Navidad, 2016

Lectio Divina, Vigilia de la Natividad del Señor

Ciclo A

25 de diciembre de 2016

Página Sagrada:

Is 9, 1-3.5-6 * Salmo 95 * Tito 2, 11-14 * Lc 2, 1-14

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“Hoy les ha nacido un Salvador, Cristo el Señor”

Invocación inicial

Señor Dios, que cada año nos alegras con la esperanza de nuestra redención, concédenos que a tu mismo Hijo Unigénito, a quien acogemos llenos de gozo como Redentor, merezcamos también acogerlo llenos de confianza, cuando venga como Juez.

Texto

1 En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. 2 Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. 3 Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.

4 José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, 5 para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada. 6 Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; 7 y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue.

8 En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. 9 De pronto, se les apareció el Angel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, 10 pero el Angel les dijo: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: 11 Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. 12 Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre». 13 Y junto con el Angel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: 14 ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él».

Lectura

¡La alegría de los discípulos misioneros ha llegado hoy a su momento más fuerte: ya no hay lugar para el temor, el Señor está con nosotros!…La página del Evangelio que se lee en esta noche actúa como una luz que en verdad “vence a las tinieblas”, especialmente a las sombras del temor y de la cultura de muerte: es decir, de todo ambiente donde parecen triunfar la violencia, el miedo, el egoísmo, la duda. Dios ha respondido al deseo humano de tener vida en abundancia (Jn 10, 10): los discípulos misioneros deben por tanto “ser portadores del la alegría, de la certeza, de la esperanza, del amor”. Dejándose iluminar ellos mismos por la Palabra y la celebración eucarística alrededor del pesebre del niño pequeño pero salvador potente, ellos descubren:

  • Que el mundo, en toda su historia, se ve marcado por fuerzas aparentemente más poderosas que el bien: Cristo mismo nació en un tiempo donde el poder el emperador romano obligaba al censo, que humildemente cumplen sus padres yendo desde Nazareth hasta Belén de Judá
  • Pero el Señor tiene sus planes de salvación que se revelan en lo pequeño: el ángel que se aparece a los pastores muestra la pequeñez del Hijo de Dios: Encontrarán a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. La mirada de los discípulos misioneros “va más allá” de la pequeñez del niño recién nacido en un ambiente tan pobre: ellos se dan cuenta de que el Señor quiere revelarse especialmente a los humildes –los pastores que velaban por sus rebaños. De ahí nace la alegría de esta noche: de contemplar, más allá de las palabras, cómo Dios se hace pequeño para estar al alcance de todos. El himno de los coros de “miles de ángeles” en el cielo es un contraste para animar la fe de los pequeños sobre la tierra: la Gloria de Dios está a favor de quienes ponen en él su confianza. Ahora todos pueden tener el “don de Dios que es paz” que comienza con el nacimiento del pequeño Niño Dios, verdadero salvador del mundo.

Meditación

En medio de las tinieblas alumbra la esperanza. En medio de la opresión germina la liberación. Todo se inunda de la luz y del gozo que brotan de la presencia de Dios. En medio de tanta oscuridad, es entrañable la señal «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» Un niño con atributos de Dios porque lo es: “Consejero admirable, Dios poderoso, Padre sempiterno, Príncipe de la paz”. El profeta Isaías anuncia la salvación a su pueblo porque Dios se manifiesta en un niño que nace en Belén, ciudad de David. Ha aparecido la ternura, lo humano, la bondad, la gracia de Dios, que salva a todos los hombres.

La proclamación del evangelio invita a nuestros ojos a adoptar una mirada contemplativa del misterio del nacimiento y de las circunstancias que lo enmarcan. El emperador Augusto, mencionado al comienzo del relato, es el dominador del mundo, el que tiene sometida políticamente a la Palestina, a quien se le han atribuido los títulos de “príncipe de la paz”, “el salvador del pueblo”, “garante del orden y del bienestar”. Sin embargo, es Jesús quien hace efectivos esos títulos con su nacimiento y realización de la obra salvadora. Quien trae la paz, “no como la da el mundo”, sino como la da Dios. Obedecer un decreto, no encontrar sitio en la casa, recostar en un pesebre al niño envuelto en pañales (Sab 7,4-5: “fui criado con pañales cuidados: pues ningún rey tuvo otro comienzo al nacer”) es signo de humanidad. Venir a verle unos pastores (gente mal vista, marginal) son signos de debilidad. Es el descenso de Jesús hasta los márgenes de la vida, compartiendo la condición de los pobres. La salvación vendrá desde los que menos vida tiene para hacer plenos a todos. Jesús nace en la humildad, su trono son los brazos de su Madre, quien le ofrece toda la ayuda posible: “Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre”. Lucas se detiene en esta escena y subraya los gestos del amor maternal de María, que se convertirán, de aquí en adelante, en la señal para reconocer al Mesías. Un “niño”, imagen de la ternura. Cualquiera se enternece al contemplar a un niño. Dios se hace ternura pura para con la humanidad. Se deja tocar, abrazar y contemplar con toda confianza. No es un Dios lejano, sino un Dios que quiere estar en el regazo de la humanidad. “Envuelto en pañales”. Siendo Dios, no se aferró a su condición, sino se abajó como un hombre cualquiera. No hay nada que temer. Los pastores y toda la humanidad se pueden acercar, que no se morirán si contemplan a Dios. Lo podrán tomar en brazos y ponerlo junto a su pecho. Es un DIOS “NUESTRO”.

Jesús es el “Salvador”. Significa que la obra que Jesús va a realizar tiene como resultado la “salvación”. Es el “Mesías”: significa que Jesús es el “ungido” (o designado oficialmente por Dios) que se dedica al servicio, la protección y la liberación de su pueblo. Como tal: es el “esperado”. Es el “Señor”: el nombre más común de Dios en el Antiguo Testamento. Por eso llamar a Jesús “Señor” es identificarlo como Dios.

La significación de la Natividad viene dada de lo alto. Nada menos que un ángel del cielo, donde se contempla no la simple apariencia de los hechos, sino su profundidad y trascendencia, es el encargado de transmitir la buena noticia a gente sencilla y humilde en nombre de Dios. El cielo acredita al recién nacido como el auténtico liberador de la humanidad, el esperado de los piadosos, el soberano del universo. Jesús es presentado con los títulos que se le dan a partir de la resurrección: Salvador (“una fuerza de salvación en la casa de David”… Lc 1,69), Mesías (ungido como sacerdote, profeta y rey),

Señor (rey de la estirpe de David).

Nosotros debemos aprender que el camino de la salvación comienza por abajarse, hacerse humano, palpar las últimas realidades humanas que el Mesías ha encarnado y que llenan a nuestra existencia del verdadero sentido que nos lleva al encuentro con Dios. Que la luz de la Nochebuena, la Palabra hecha carne, hecha historia, sea la que le dé sentido a nuestra vida y la que nos marque el camino a la plenitud.

Oración

Señor, en esta noche santa, donde ya no existen el temor ni la tristeza, nos acercamos silenciosos y maravillados a tu pesebre y te damos gracias: hoy has vencido la oscuridad del pecado y de la muerte, permítenos con alegría escuchar hoy tu llamada a seguirte y testimoniarte. Amén.

Contemplación

Junto al pesebre que se realiza en casa, en la parroquia, en la comunidad, contemplamos en silencio al Salvador del Mundo, mientras repetimos con alegría el Salmo 95: ¡Hoy nos ha nacido en verdad un salvador!

Acción

¿Cuál es el mensaje de la Navidad para las personas de hoy? “Nos habla de la ternura y de la esperanza. Dios, al encontrarse con nosotros, nos dice dos cosas:
La primera: tengan esperanza. Dios siempre abre las puertas, no las cierra nunca. Es el papá que nos abre las puertas.
Segunda: no tengan miedo de la ternura. Cuando los cristianos se olvidan de la esperanza y de la ternura, se vuelve una Iglesia fría, que no sabe dónde ir y se enreda en las ideologías, en las actitudes mundanas. Mientras la sencillez de Dios te dice: sigue adelante, yo soy un Padre que te acaricia.

Tengo miedo cuando los cristianos pierden la esperanza y la capacidad de abrazar y acariciar. Tal vez por esto, viendo hacia el futuro, hablo a menudo sobre los niños y los ancianos, es decir los más indefensos.
En mi vida como sacerdote, yendo a la parroquia, siempre traté de transmitir esta ternura, sobre todo a los niños y a los ancianos. Me hace bien, y pienso en la ternura que Dios tiene por nosotros”.

(Fragmento de entrevista con Papa Francisco sobre la Navidad)

Acerca de abpguatemala

Sección de Animación Bíblica de la Pastoral de la Conferencia Episcopal de Guatemala.
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