Lectio Divina, 27 de Diciembre de 2015

Domingo 27 de diciembre 2015

La Sagrada Familia

Página Sagrada:

1Sam 1, 20‐22.24-28/Sal 83/1Jn 3, 1.2.21‐24/Lc 2, 41‐52

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Tengo que ocuparme de las cosas de mi Padre.

INVOCACIÓN AL ESPÍRITU SANTO

Aquí estoy, Señor,

sentado a la puerta de mi tienda,

descansando del duro trabajo,

intentando sentir tu brisa,

serenando mi cuerpo y espíritu,

haciendo memoria de tantas idas y vueltas…

Yo acogeré tu Palabra,

como palabra hacedora de vida,

aunque otros se rían de ella

y de tus promesas.

Aquí estoy, Señor…

No pases de largo sin detenerte.

TEXTO

41Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. 42Y así, cuando Jesús cumplió doce años, fueron allá todos ellos, como era costumbre en esa fiesta. 43Pero pasados aquellos días, cuando volvían a casa, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres se dieran cuenta. 44Pensando que Jesús iba entre la gente, hicieron un día de camino; pero luego, al buscarlo entre los parientes y conocidos, 45no lo encontraron. Así que regresaron a Jerusalén para buscarlo allí. 46Al cabo de tres días lo encontraron en el templo, sentado entre los maestros de la ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. 47Y todos los que lo oían se admiraban de su inteligencia y de sus respuestas. 48Cuando sus padres lo vieron, se sorprendieron; y su madre le dijo: —Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo te hemos estado buscando llenos de angustia. 49Jesús les contestó: —¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que tengo que estar en la casa de mi Padre? 50Pero ellos no entendieron lo que les decía. 51Entonces volvió con ellos a Nazaret, donde vivió obedeciéndolos en todo. Su madre guardaba todo esto en su corazón. 52Y Jesús seguía creciendo en sabiduría y estatura, y gozaba del favor de Dios y de los hombres.

LECTURA

Dios ha querido asumir uno de los misterios más grandes y sagrados de la humanidad: la vida de familia. La lectio divina descubre hoy la maravillosa realidad familiar de la vida de Cristo  que tiene a su vez una doble orientación: redimir toda familia humana, golpeada también ella por el misterio del mal, e invitar a todo hombre y mujer a formar parte de la familia de los hijos de Dios. Los “hijos de Dios” son  aquellos que anteponen la relación con su Padre a cualquier compromiso que pueda desviarlos de su voluntad (Evangelio), los que descubren en el don de la vida de cada niño que nace un signo de Dios (primera lectura); en fin, los que, han pasado en Cristo, de las tinieblas a la luz de la vida (segunda lectura).

1ra. Lectura: La Palabra de Dios nos sitúa en aquel mundo escondido y a la vez conocido de todos: el de una familia humana a la que falta el don de un hijo. El cuadro es parte de la famosa “narración de la infancia de Samuel”, el más grande juez, profeta y sacerdote del Israel antiguo, allá por los siglos XI‐X antes de Cristo. Para entender la escena hay que leer el inicio del capítulo 1o. de I Sm, y advertir luego las convicciones de fe del autor de esta página maravillosamente familiar:

Un hijo es un don del Dios de la vida: de esta manera lo implora Ana al Señor, el cual se le concede, habiendo escuchado su oración. Es por ello que Ana efectúa luego dos acciones:

1ª) Ofrece un sacrificio de acción de gracias (la víctima de tres años, la harina y el vino)

2ª) Consagra el niño al servicio del Señor en el Templo, significando de nuevo su convicción de que procede de Dios.

2da. Lectura: El autor de la 1 Jn. muestra en esta fiesta, la invitación urgente a ser también nosotros parte de la familia divina en calidad de “verdaderos hijos del Padre”:

  1. Se trata de imitar a Jesús, haciendo prevalecer en todo momento la opción por la voluntad de Dios Padre, en medio de otras opciones aparentemente más agradables a comprensibles. Como a Jesús, el mandamiento, las cosas del Padre, debe movernos en todo momento.
  2. Este “estar en las cosas del Padre” inaugura lastimosamente el mismo conflicto de la incomprensión incluso en ambientes propios, familiares. La familia humana debe ser más bien el lugar donde se pueda “encontrar la propia identidad de hijos del Dios de la vida” (VER v. l)
  3. De esta manera, la unidad familiar es una realidad al servicio de la misma fe… al servicio de la vocación de cada uno para realizarse como verdadero hijo de Dios, especialmente en el amor ejercitado hacia el otro miembro de casa, ya que en último término, esa es la única y más importante voluntad del Padre para cada uno de sus hijos en Cristo.

Evangelio: De la misma manera como Ana y Samuel protagonizan el misterio de la vocación de todo hijo en medio de la familia, ahora Jesús de Nazareth y María de modo especial, realizan ese misterio. La escena tiene elementos muy importantes:

Como nuevo Samuel, dejado en el Templo, con motivo de una fiesta de familia Jesús revela su verdadera identidad: El es el Hijo de Dios, y al mismo tiempo, Maestro de las cosas del Padre, según aparece “enseñando a los doctores en el templo”. Tiene lugar entonces una crisis entre las cosas de la casa y aquello que todo hombre tiene delante de sí: una voluntad mayor, un camino más exigente: el de la voluntad de Dios expresada en la Ley divina.

Las palabras de reproche de María señalan esa crisis, tan natural y “justa” en un primer momento. Sin embargo, María misma ha sido una que en su vida ha dejado todo para que se hiciera en ella la Palabra del Señor (VER Lc 1,38). Nace por ello una relación que se da en familia, cuando la familia se abre a la voluntad divina: entre la madre y el Hijo habrá desde ahora una relación a través de la voluntad de Dios, la que María encontrará dolorosa, al pie de la cruz, por ejemplo (VER Jn.19, 25).

María, mujer de fe y madre del que ha de ser creído por los hombres, tiene una última actitud silenciosa y ejemplar para toda vida familiar: ella conserva, medita todo en su corazón (Lc 2, 51), disponiéndose a que aquella Palabra a la que siempre ha obedecido, aquella voluntad de Dios, sea lo primero en el corazón de su Hijo… Disponiéndose en fin, a que el hijo que ha tenido vaya descubriendo más y más en su vida el proyecto divino.

De esta manera termina la búsqueda de la familia: encuentran al Hijo “al tercer día”, es decir; como sucederá en su muerte y resurrección al tercer día: duración simbólica del tiempo en que llegan de nuevo la vida, la luz y la paz,  solamente después de que se ha aceptado la voluntad de Dios sobre la existencia de cada uno de los miembros de la familia misma.

MEDITACIÓN

  1. ¿Consideramos la paternidad, maternidad, filiación como un verdadero “don” que Dios nos concede? ¿o la mentalidad del mundo ha terminado por cerrarnos a cada uno en el egoísmo que no piensa en las funciones hacia los demás en casa?
  2. ¿Santificamos nuestra familia con una adecuada conducta moral, según aquella ley divina que a todos pide responsabilidad en el amor?
  3. ¿Es nuestra familia un lugar donde cada uno puede crecer como verdadero hijo de Dios, con la libertad de elegir lo que Dios le pide y seguir su voluntad antes que los proyectos que hemos hecho para el otro?

ORACIÓN

Jesús, haz que busque mi crecimiento, para agradar a Dios con mi actuar. Que nunca mi altivez haga daño a mis padres, que mis preocupaciones de vida, no atropellen a mis hermanos; que lo que está de moda no me aleje de ti que eres lo esencial que siempre permanece; a través de ellos me llamaste a la vida, Gracias, porque veo en sus ojos preocupados tu gran amor por mí; ilumina sus pasos, dale salud a sus días, y que yo pueda ser para ellos un motivo diario de orgullo y felicidad.

CONTEMPLACIÓN

Querido Jesús gracias por mi familia, ayúdanos a vivir el amor tierno y auténtico de tu familia.

ACCIÓN

Durante esta semana expresaré todo mi cariño a mis padres en acción de gracias por sus cuidados y afanes por mi bienestar, y oraré por ellos a Dios Padre.

Acerca de abpguatemala

Sección de Animación Bíblica de la Pastoral de la Conferencia Episcopal de Guatemala.
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